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Dos izquierdas y muchas contradicciones, ¿Para qué?

En El Salvador se repite un estribillo como en toda Latinoamérica, que existen dos izquierdas, una pragmática, sensata, moderna y responsable, representada en la región por Chile, Brasil y Uruguay, y en el país por el Presidente Mauricio Funes, y otra demagógica, populista, irresponsable, encarnada regionalmente por Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, y en El Salvador, por el FMLN.La izquierda pragmática, la del Presidente Funes, es aquella que acepta con resignación el predominio del libre mercado, mientras que la otra, la demagógica populista, pregona, más que un discurso anti neoliberal, uno anticapitalista, y busca de todas las maneras desmantelar la libertad de mercado.
La primera, la izquierda supuestamente prudente, reconoce sin ambivalencia las reglas del juego político y se compromete con las instituciones de la democracia representativa, la otra, la visceral, considera la democracia y el estado de derecho como formalidades que no pueden limitar la expresión de la voluntad supuestamente popular.
La izquierda moderada comprende que la política exige un manejo gradual y negociado de la agenda pública, mientras que la radical busca cambios poco consensuados y ofrece resolver los problemas de manera absoluta.
La aparente prudencia del Presidente Funes, así como la inflamada retórica anticapitalista y las ambivalencias democráticas del FMLN, por medio de Sigfrido Reyes y José Luís Merino, consolida la imagen de una izquierda "tolerable" y otra "inadmisible", pero al mismo tiempo, al inverso, se condena enérgicamente la resignación de Funes y se aplaude la radicalidad y la voluntad política del FMLN. Esto hace pensar que el estribillo de las dos izquierdas no ha sido más que un recurso de apoyo para la confrontación ideológica izquierda-derecha.
El triunfo de la izquierda en El Salvador no ha sido casual, sino causal, lograron introducir en la imaginería popular ciertas demandas de los sectores pobres y medios, que piden una mayor distribución de la riqueza y un mayor reconocimiento social. Para lograr esto, la izquierda, una izquierda, estableció que era necesario desmontar el núcleo de la agenda neoliberal y recuperar ciertas funciones de regulación económica que el Estado cumplía en los años anteriores al ajuste estructural. Encontramos aquí el punto de unión de las dos izquierdas, son anti liberales, odian a Alianza Republicana Nacionalista, ARENA y están a favor de la intervención del Estado. Con esto la izquierda se convierte en una.
En este contexto surge una nueva identificación entre las clases pobres y medias con el voto, que sin notarlo, y por los resultados de las encuestas y la popularidad del Presidente, quedan bastante satisfechos con el reconocimiento, con los pedidos de perdón a cualquier cosa a costa de la redistribución. No han resuelto sus problemas económicos, pero creen que ahora son tomados en cuenta, y que con el tiempo resolverán sus otros problemas.
Mientras todo esto sucede, algo poco evidente se está desarrollando en el país, y es para esto que se desarrolló el concepto de las dos izquierdas y sus contradicciones, la confiscación del Poder, la cual la izquierda está alcanzando de una manera tolerada, colegiada y pluralista. Es por eso que no se rebela la ciudadanía salvadoreña, que históricamente ha integrado una sociedad que pertenece a la tradición democrática occidental, es por eso que no le molestan las acciones de este gobierno de izquierda. La población ni siquiera está sintiendo lo que se está haciendo con el Estado.
Entre las dos izquierdas, y en medio de sus discusiones y contradicciones, no se está violentando a las personas, simplemente se les está desarmando; no se combate sus pasiones políticas, se borran; no se combaten los instintos, se burlan; no se proscriben las ideas, simplemente se trastocan y otros se apropian de ellas. Por eso la izquierda moderada utiliza por momentos la fraseología liberal, que aparece a veces disonante en referencia a las acciones del gobierno.
Para lograr todo esto, se manipula la opinión pública, la aturden, la sumen en la incertidumbre mediante asombrosas contradicciones, y se desarrollan sobre ellas continuas distorsiones. Con esto se logra una imagen del Presidente con designios impenetrables, logra un poder de simulación que se entiende como reflexión. La versatilidad del Presidente, su mutismo, parece profundidad de pensamiento, y su oportunismo se entiende como sabiduría. Con esto hace que se olviden los pobres resultados de su gobierno por medio de palabras pomposas. Además, el Presidente, no tanto por profesión sino por picardía, está haciendo del Estado un periodista más.
En medio de la discusión de la izquierda buena y la izquierda mala, el gobierno subinforma, y cuanto mayor es la subinformación, menos la percibe la población. La gente no ve que se está destruyendo a los Partidos Políticos que, guste o no, son un pilar para la democracia; se están debilitando las fuerzas colectivas; se está eliminando al Órgano Legislativo, al menos en su acción, fabricando diputados "incondicionales"; se está politizando el papel económico y financiero del Estado, lo que se fortalecerá más cambiando el rol de la banca estatal; se utilizan los controles fiscales, no en función de una equidad fiscal, sino para satisfacer venganzas partidarias e intimidar adversarios; se "despresupuesta" al Estado al querer resolver a corto plazo los problemas sociales de toda la población salvadoreña, para lo cual nunca alcanzará ninguna cantidad de dinero, todo esto, con apoyo popular y sin que el pueblo se de cuenta.
En conclusión, en El Salvador, por medio de la confusión de las dos izquierdas, de sus contradicciones y de un manejo terrible de las relaciones públicas políticas se está desarrollando un régimen muy particular que podría llamarse democracia desvirtuada, debido a que es un totalitarismo disfrazado que se apoya en la voluntad de aquellos a quienes aniquila políticamente.
Parece que Edmud Burke, cuando escribió sus "Reflections on the Revolution in France", tenía razón al decir que "el primer derecho del hombre en una sociedad civilizada es el de ser protegido contra las consecuencias de su propia necedad".

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